
Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él.
Su oficio era vender palabras.
Recorría el país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las ferias y en los mercados…
Vendía a precios justos. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables.
También vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias…
A quién le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía. No era la misma para todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el universo y más allá.
Autora: ISABEL ALLENDE
ANE: Yo no las he vendido, pero a lo largo de mi vida, si he regalado muchas, muchas, palabras, fruto de todas mis emociones. Unas fueron oídas, otras escuchadas, otras oídas y escuchadas, otras olvidadas y algunas simplemente enterradas.
También es cierto, que oí, escuché y enterré…las más dolorosas.
