
“Sabía que nunca volvería a ver a Fanny -aseveró Clarissa-. Escribió a Brown y le dijo que no soportaría ver su nombre escrito. Pero nunca dejó de pensar en ella. Se encontraba bastante fuerte en aquellos días de diciembre, y la quería muchísimo. Es fácil imaginarle escribiendo una carta que nunca tuviera intención de enviar.
Le apreté la mano y no dije nada. Poco sabía de Keats y de su poesía, pero creí posible que en su desesperada situación no hubiese deseado escribirle precisamente porque la quería mucho. Últimamente le había dado vueltas a la idea de que el interés de Clarissa por esas cartas hipotéticas tenía algo que ver con nuestra propia situación, y con su convencimiento de que el amor que no encuentra expresión epistolar no es perfecto.
En los meses siguientes a nuestro primer encuentro, y antes de que compráramos el piso, me escribió cartas muy bonitas, apasionadamente abstractas, en las que exploraba los aspectos en que nuestro amor era distinto y superior a cualquiera que hubiese existido jamás.
Quizá sea ésa la esencia de una carta de amor, la celebración de lo único.
Yo intenté igualar las suyas, pero lo único que la sinceridad me permitía eran los hechos, y a mí me parecían bastante milagrosos: una hermosa mujer estaba enamorada y quería ser amada por un individuo alto, torpe y medio calvo, que no podía creer en su suerte".

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