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Leí en la prensa que había preparado el siguiente obituario pleno de lucidez y creo, de respeto hacia las palabras.
"Aunque viví hasta el año dos mil..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literarios no le sirvieron de nada"
Hoy lamentablemente, ya podemos completar esos puntos suspensivos, y como siempre, volvemos a consolarnos de esta gran pérdida con su magnífico trabajo, del cual he leído bastante. De todo él, el libro que más me gustó, emocionó hasta las lágrimas, fue “El hereje”.
He elegido los siguientes fragmentos, porque es cuando el protagonista de la historia, va acercándose a la Reforma, y por ello, a un cambio radical para su vida y forma de pensar.
"Aunque viví hasta el año dos mil..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literarios no le sirvieron de nada"
Hoy lamentablemente, ya podemos completar esos puntos suspensivos, y como siempre, volvemos a consolarnos de esta gran pérdida con su magnífico trabajo, del cual he leído bastante. De todo él, el libro que más me gustó, emocionó hasta las lágrimas, fue “El hereje”.
He elegido los siguientes fragmentos, porque es cuando el protagonista de la historia, va acercándose a la Reforma, y por ello, a un cambio radical para su vida y forma de pensar.
“Día a día, Cipriano comprobaba la fragilidad del Doctor, su hipocondría y, al propio tiempo, su agudeza, su admirable orden mental.”
“Y para Cipriano, el mero hecho de disponer para él solo de la palabra del gran predicador, venerado en la ciudad, constituía ya un motivo de engreimiento. Al propio tiempo, después de haber admitido la inexistencia del purgatorio, a Cipriano Salcedo poco le costaba ya aceptar la inutilidad del monjío como estado, el celibato sacerdotal o rechazar a los frailes fariseos. Cristo nunca impuso a los apóstoles la soltería. San Pedro, concretamente, era un hombre casado.”
“Análoga facilidad encontró para rechazar el culto a los santos, a las imágenes y a las reliquias, los diezmos mediante los cuales la Iglesia explotaba al pueblo y el sacerdocio institucional. O para asumir la comunión en las dos especies, lógica a la vista de los evangelios.”
“Tampoco se había cuestionado la confesión mental. Nunca había sentido aversión por descargar sus pecados en un confesionario pero hacerlo ahora directamente ante Nuestro Señor le dejaba más tranquilo y satisfecho.”
Solamente hubo una novedad con la que tropezó Cipriano:
La preterición de la misa. Por mucho que se esforzara no podía llegar a considerar el domingo como un día más de la semana. Si no asistía a misa, tal vez más por costumbre que por devoción, le parecía que le faltaba algo esencial.
Treinta y seis años cumpliendo con el precepto habían creado en él una segunda naturaleza. Se sentía incapaz de traicionarla. Se lo dijo así al Doctor quien, contrariamente a lo que esperaba no se enojó:
— Lo comprendo, hijo — le dijo— .
Asista a misa y rece por nosotros.
También yo me veo obligado a hacer cosas en las que no creo. A veces es incluso aconsejable seguir con las viejas prácticas para no despertar sospechas en el Santo Oficio. Algún día podremos sacar a la luz nuestra fe.
— ¿Tantos somos los nuevos cristianos, reverencia?
El rictus de amargura se acentuó en su boca, y, sin embargo, dijo:
—Mira, hijo. Si esperaran cuatro meses para perseguirnos seríamos tantos como ellos. Y si seis, podríamos hacer con ellos lo que ellos quieren hacer con nosotros.
A Cipriano le impresionó la respuesta del Doctor. ¿Pretendía insinuar que la mitad de la ciudad estaba contagiada por “la lepra”?
¿Quería decir que la gran masa de fieles que acudían a sus sermones comulgaban con la Reforma?
“Y para Cipriano, el mero hecho de disponer para él solo de la palabra del gran predicador, venerado en la ciudad, constituía ya un motivo de engreimiento. Al propio tiempo, después de haber admitido la inexistencia del purgatorio, a Cipriano Salcedo poco le costaba ya aceptar la inutilidad del monjío como estado, el celibato sacerdotal o rechazar a los frailes fariseos. Cristo nunca impuso a los apóstoles la soltería. San Pedro, concretamente, era un hombre casado.”
“Análoga facilidad encontró para rechazar el culto a los santos, a las imágenes y a las reliquias, los diezmos mediante los cuales la Iglesia explotaba al pueblo y el sacerdocio institucional. O para asumir la comunión en las dos especies, lógica a la vista de los evangelios.”
“Tampoco se había cuestionado la confesión mental. Nunca había sentido aversión por descargar sus pecados en un confesionario pero hacerlo ahora directamente ante Nuestro Señor le dejaba más tranquilo y satisfecho.”
Solamente hubo una novedad con la que tropezó Cipriano:
La preterición de la misa. Por mucho que se esforzara no podía llegar a considerar el domingo como un día más de la semana. Si no asistía a misa, tal vez más por costumbre que por devoción, le parecía que le faltaba algo esencial.
Treinta y seis años cumpliendo con el precepto habían creado en él una segunda naturaleza. Se sentía incapaz de traicionarla. Se lo dijo así al Doctor quien, contrariamente a lo que esperaba no se enojó:
— Lo comprendo, hijo — le dijo— .
Asista a misa y rece por nosotros.
También yo me veo obligado a hacer cosas en las que no creo. A veces es incluso aconsejable seguir con las viejas prácticas para no despertar sospechas en el Santo Oficio. Algún día podremos sacar a la luz nuestra fe.
— ¿Tantos somos los nuevos cristianos, reverencia?
El rictus de amargura se acentuó en su boca, y, sin embargo, dijo:
—Mira, hijo. Si esperaran cuatro meses para perseguirnos seríamos tantos como ellos. Y si seis, podríamos hacer con ellos lo que ellos quieren hacer con nosotros.
A Cipriano le impresionó la respuesta del Doctor. ¿Pretendía insinuar que la mitad de la ciudad estaba contagiada por “la lepra”?
¿Quería decir que la gran masa de fieles que acudían a sus sermones comulgaban con la Reforma?





